Cuando te planteas este viaje es inevitable que te surja la duda de si realmente merece la pena hacer un viaje tan largo, unos 18.000 KM, para ir a unas islas y estar en la playa. Cuando regresas tienes la certeza de que si merece la pena, absolutamente.
Este viaje fue el regalo que me hizo mi marido por mi 50 cumpleaños por lo que él lo organizo todo, solo sé que lo hizo todo a través de El Corte Ingles. En alguna ocasión habíamos hablado de viajar hasta allí pero de eso hacía ya mucho tiempo y no lo habíamos vuelto a comentar por lo que para mí fue una autentica sorpresa el destino elegido.
La Polinesia Francesa, cuya capital es Tahití, está formada por 118 islas y atolones repartidos en 5 archipiélagos. El primer occidental que pasó por allí fue Magallanes en el siglo XVI, aunque enseguida llegaron británicos, holandeses y franceses, que finalmente fueron los que conquistaron las islas. A finales del XIX los franceses consiguieron quedarse con la soberanía completa y lo convirtieron en territorio de ultramar, de forma que el francés se impuso como lengua cooficial con la polinesia, y la población fue convertida al cristianismo, mayoritariamente protestante. Actualmente dependen del gobierno galo aunque gozan de un presidente local y representación diplomática.
Nuestro viaje empezó el 29 de julio de 2011 desde Barajas salimos para Los Angeles en un vuelo de iberia de 12 horas de duración, al llegar a L.A. y tras pasar los pertinentes controles de inmigración nos quedo tiempo de sobra para pasear por el aeropuerto, ver algunas tiendas, comer algo y esperar a que saliera nuestro avión de Air Tahití Nui con destino a Tahití. Después del primer vuelo y de las horas de espera estábamos bastante cansados. Esta fue la primera vez que me siento en un avión y me quedo dormida sin enterarme del despegue pero es que estaba tan cansada que me dormí de inmediato.

Llegamos a Tahití 8 horas después. Llegar a Tahití produce una intensa sensación de lejanía, de estar en medio de la nada, de estar perdido en medio de un océano afortunadamente bastante pacífico. Al entrar al aeropuerto antes de pasar inmigración nos dieron la bienvenida un grupo de nativos con música típica de estas tierras.
Aquí también tuvimos que esperar un buen rato hasta que saliera nuestro avión rumbo a Moorea. Pero por fin tras unos escasos 15 minutos de vuelo llegábamos al PARAISO.

Creo que es un viaje demasiado largo, con demasiadas horas de vuelo y de espera en los aeropuertos para hacer en un solo día, pero cuando llegas allí la placidez de Moorea que envuelve al viajero nada más llegar a la isla produce tal sensación de serenidad que el cansancio desaparece de inmediato.
En el aeropuerto nos dirigimos al mostrador de nuestra agencia para presentarnos y recoger algo de información, y allí mismo compramos nuestra primera excursión, un recorrido por el interior de la isla en 4X4. En ese mismo momento conocimos también a una pareja de españoles en luna de miel con la que coincidimos en varias ocasiones.
Una vez recogidas las maletas nos subimos a un autobús que nos llevo en apenas unos minutos a nuestro hotel, el Sofitel Moorea. En recepción nos dan la bienvenida con un delicioso zumo de futas, unas toallitas refrescantes y un collar de flores que olía increíblemente bien. Rodear el cuello del recién llegado con guirnaldas de flores es la forma tradicional que tienen los polinesios de dar la bienvenida. También al despedirse lo hacen, pero con collares de conchas. Tengo que señalar que durante toda nuestra estancia en este hotel el trato del personal fue de primera, eran todos muy atentos y encantadores, siempre te respondían con una amable sonrisa. Mientras que toman nuestros datos nos hablan de las excursiones que podíamos hacer y nos decidimos por hacer un tour alrededor de la isla en moto acuática para bañarnos con los tiburones y las rayas.
Lástima que hasta las 2 del mediodía no tenían disponible nuestra habitación. Pero como llevamos los trajes de baño en el equipaje de mano nos cambiamos en uno de los cuartos de baño que hay justo al lado de recepción y nos vamos a la playa del hotel hasta que esté lista nuestra habitación.
Las primeras imágenes del hotel y de su playa ya nos dejan maravillados

Al llegar a la playa, en una cabaña que hay recogimos nuestro equipo de snorkel (que devolveríamos el ultimo día) y nos disponemos a disfrutar por primera vez de esta maravillosa playa de aguas turquesas y arena blanquísima sin duda la mejor que he visto nunca, el agua es tan transparente que desde fuera puedes ver perfectamente los peces, el coral, la arena, todo. Sin duda es un sitio estupendo para bucear y ver miles de peces.

Lo único malo que tiene esta playa, Playa de Temae, es que el sol se pone por detrás de las montañas que están detrás del hotel, y esto hace que a las 4 de la tarde desaparezca el sol. A pesar de que el hotel estaba lleno en la playa hay muchas tumbonas libres y espacio donde ponernos a tomar el sol y tomar nuestro primer bañito a la espera de que nos den las llaves de nuestro Overwater. El hotel dispone de muchos tipos de habitaciones. Todos ellos son bungalows individuales de aspecto rústico, los hay con vista al jardín, a la playa o sobre el agua llamados overwaters, el nuestro era uno de estos.

Enseguida también nos dimos cuenta porque a Moorea se le llama la isla verde, tanto nuestro hotel, como toda la isla está cubierta de una vegetación muy tupida que llegaba hasta la misma playa.

A las dos nos fuimos a recepción, de nuevo, y por fin nos entregan las llaves de nuestra habitación, la 119, uno de los últimos OW, desde el que las vistas de Tahití, de la barrera de coral y de la laguna eran impresionantes. Claro que la habitación no desmerecía para nada el entorno, nos pareció preciosa y muy cómoda, realmente te dan ganas de no salir de ella. Por ser el primer día teníamos fruta fresca y por la noche nos pusieron macarons.



Tras colocar todas nuestras cosas y descansar un poquillo nos fuimos a dar un paseo para conocer la zona de restaurantes, piscina y spa del hotel que aun no habíamos visto. Seguimos andando por la playa saliendo hacia la zona no reservada del hotel y llegando hasta el final, fue un paseíto muy agradable.
Con la puesta del sol nos fuimos hacia nuestra habitación para arreglarnos para la cena. Nosotros teníamos contratada la media pensión (me da la impresión que como casi todos los huéspedes del hotel) que incluía el desayuno y la cena, sin bebidas, en el restaurante Pure que era tipo bufet, no tenia excesiva variedad pero estaba bien, cada noche ofrecían un tipo de comida diferente, italiana, oriental, etc., sin duda lo mejor era la situación del restaurante en una terraza con luz tenue y viendo al fondo la isla de Tahití, sencillamente espectacular.
Al llegar al restaurante cada noche la camarera que te lleva hasta tu mesa te ofrece una flor de Tiare. Allí tanto los hombres como las mujeres polinesios se adornan poniéndose esta flor en la oreja y según en qué oreja te pongas la flor, derecha o izquierda, significa si estas comprometido o no. Creo que en la izquierda es que estabas comprometido.
Cada noche a las 7´30 en el restaurante ofrecían un espectáculo Polinesio que siempre era diferente y que estaba muy bien por lo que reservábamos mesa siempre a esa hora para cenar mientras veíamos el espectáculo.
El hotel contaba además con un bar, The Vue, y otro restaurante llamado “K”, en el que tenias que pagar un suplemento de 35€ por persona y cena si tenias contratada la media pensión, este restaurante era mucho mas romántico y reservamos para cenar una noche allí.

Después de la cena y el espectáculo nos fuimos a la cama porque aun arrastrábamos los efectos del jet-lag.
A la mañana siguiente nos despertamos antes de que amaneciera, no es fácil acostumbrarse al cambio de hora, pero gracias a eso hemos disfrutado de unos amaneceres de película desde la plataforma de nuestro OW.

Tomar un café (hecho con la Nespresso que teníamos en la habitación) mientras tumbados en nuestras hamacas veíamos esos espectaculares amaneceres, mirar cada amanecer hacia el horizonte sin que nada ni nadie se interponga es una de las sensaciones mas maravillosas de este viaje.

La laguna, que se nos presentaba solitaria, quieta y azul, la playa con sus palmeras, con sus peces de colores, que aunque libres permanecían día tras día bajo el suelo de nuestra cabaña, el horizonte cortado por el arrecife ribeteado de espuma blanca, el sol que lentamente salía de su letargo nocturno, todo lo que abarcaba nuestra mirada formaba parte de nuestro personal paraíso.

Tras el maravilloso espectáculo que la naturaleza nos había brindado nos vestimos y nos fuimos a desayunar al bufet. Una vez acomodados en nuestra mesa siempre nos traían además del café con leche panes y cruasanes, estos últimos de hojaldre extraordinario. En el bufet tienen más o menos de todo, fruta, cereales, algo de bollería, quesos, fiambres y huevos que te hacían en el momento fritos o en tortilla. Pero lo mejor del desayuno son las vistas de la playa con Tahití al fondo, el desayunar escuchando las olas de la laguna, con una temperatura agradable y observando a un lado el Pacífico con Tahití al fondo y a otro lado la frondosa vegetación de Moorea.

Después de desayunar y de recoger en nuestra habitación todo lo que necesitábamos para nuestra primera excursión: agua, gorras, gafas de sol y repelente de mosquitos, nos dirigimos a recepción a esperar a que llegara nuestro guía, que resulto ser un chico español, Jose, que hizo que la excursión fuese muy agradable. Con nosotros venían también tres parejas italianas en viaje de novios.
El interior de la isla, con pendientes muy pronunciadas, esta todo cubierto con un tupido manto verde formado por todo tipo de enredaderas que incluso cubren los arboles, te sientes realmente en el paraíso. La carretera que de adentra hacia el interior de la isla es bastante escarpada por lo que solo se puede acceder a ella con 4x4.
En primer lugar nos dirigimos hacia la montaña mágica, 1000 m. de altura, a través de un camino bastante empinado que no habríamos podido subir si no hubiéramos ido en un 4X4, incluso los últimos metros los tuvimos que hacer andando porque prácticamente no había ni camino, pero las vistas desde el mirador merecían la pena el esfuerzo.

Desde allí se apreciaba perfectamente como la exuberante vegetación que se extiende por todo Moorea llega hasta sus playas de arena blanca y agua aturquesada. Contemplar las diferentes tonalidades del agua, la diferente gama de azules que varían según va avanzando el día es un espectáculo casi hipnótico. También pudimos apreciar como la barrera de coral se abre hacia el océano permitiendo que los barcos puedan acceder a la isla.

Después de quedarnos impresionados por las maravillosas vistas y hacer un montón de fotos mientras nuestro guía nos iba contando miles de historias de la isla, seguimos nuestro recorrido, primero paramos en una playa de una de las dos bahías, en la que vimos un montón de cangrejos de tierra


Y a continuación nos adentramos por algunos caminos, escasamente pavimentados que atraviesan bosques de bambús, plantaciones de piñas y otros cultivos hortícolas, y que nos llevan hasta el interior, llegando incluso a atravesar un riachuelo, gracias que llevábamos un 4X4, sino no habríamos podido acceder hasta esa zona.
De allí nos dirigimos al Beldevere, hasta un mirador desde el que las vistas que pudimos contemplar son magnificas con, en un primer plano las dos bahías, la de Cook y la de Opunohu, separadas por el majestuoso Rotui, de 900 metros de altura, y todo el conjunto montañoso de Moorea y mas allá la isla de Tahiti. Sin duda alguna es uno de los mas bellos paisajes del Pacifico.

Tanto aquí, como en otros lugares de la isla, nos llamo la atención la cantidad de perros sueltos, y aun mas sorprenderte la cantidad de gallos, que andan sueltos por cualquier sitio.

Nuestra ruta siguió adentrándonos aun más hacia el interior en busca de algunos de los restos arqueológicos que se reparten por Moorea. El marae es el lugar donde los antiguos habitantes celebraban los ritos sagrados, de ellos tan solo se conservan el suelo empedrado y los muretes bajos que lo bordeaban, formados por pequeñas piedras negras y redondeadas. En estos recintos fueron descubiertos huesos humanos probablemente procedentes de los sacrificios realizados al dios polinesio Oro, venerado en estas islas.

Casi sin darnos cuenta la excursión iba llegando a su fin, pero antes de terminar nuestro guía Jose aun nos llevo a una destilería y fabrica de zumos de frutas de Moorea donde pudimos saborear algunos licores a base de frutas exóticas, jugos y diversos alcoholes. Estaban muy ricos, de hecho compramos del que más nos gusto para bebérnoslo tranquilamente en nuestra habitación. Tambien paramos en la zona comercial que habia antes de llegar al hotel, una calle con apenas cuatro tiendas, donde aprovechamos a comprar algunas cosillas en un supermercado que encontramos.
Cuando llegamos al hotel decidimos irnos a nuestra habitación a comer algo de lo que habíamos comprado, y darnos un bañito recorriendo nuestro personal y solitario dominio situado debajo de nuestra cabaña. Es realmente un placer sumergirse en las limpias, cálidas y siempre tranquilas aguas de la laguna y nadar persiguiendo a los peces de diferentes colores y tamaños hasta sus escondites entre los corales o dando de comer a pequeñas bandadas de peces plateados que vivían justo debajo de nuestra cabaña y que aparecían en cuanto sacábamos algo de pan.
El baño y la excursión de la mañana nos dejo bastante cansados por lo que nos quedamos dormidos y al despertar nos dimos cuenta que ya era casi de noche, por lo que nos dimos una ducha y nos arreglamos rápidamente para irnos a cenar y poder ver el espectáculo de esa noche.
Después de cenar nos fuimos a dormir para estar descansados al día siguiente y poder seguir disfrutando de todo lo que nos rodeaba.
Al día siguiente, tras disfrutar de otro maravilloso amanecer desde la plataforma de nuestra cabaña y de desayunar en el buffet del hotel, nos preparamos para nuestra siguiente excursión. Como en todas las excursiones que hicimos nuestro guía paso por la recepción del hotel a buscarnos y nos llevo en un jeep hasta un hotel cercano al nuestro para coger allí las motos acuáticas en las que íbamos a dar la vuelta a la isla y a bañarnos con los tiburones y las mantas.

Era la primera vez que montábamos en moto acuática tanto mi marido como yo, por lo que yo preferí ir de paquete todo el tiempo y que el condujera, la verdad es que no se me da muy bien los motores, así que era mucho mas seguro así.

A los dos nos encanto la experiencia de ir en moto, la sensación de velocidad en el mar es estupenda, y la posibilidad de ver la isla desde el agua da una perspectiva diferente a la que habíamos tenido el día antes en la excursión que hicimos por el interior, sin duda alguna fue una acertada decisión y fue maravilloso.
A lo largo de la excursión fuimos parando en diferentes lugares para poder contemplar las impresionantes bahías, la tranquilidad de sus aguas, el verdor que las rodea y los impresionantes picos que coronan la isla.
Pronto llegamos al lugar elegido por nuestro guía para nuestro baño con las mantas, fondeamos en un lugar poco profundo, donde hacíamos pie, el agua de un color turquesa intenso y tan transparente que podía verse perfectamente el fondo. El guía empezó a echar al agua algo de pescado que levaba en una bolsa y enseguida varias mantas rayas se nos acercaron.

Las mantas son totalmente inofensivas y están tan acostumbradas a los humanos que se dejan acariciar y de hecho cuando se les da de comer prácticamente se te suben por el cuerpo como si quisieran envolverte, al principio da un poco de impresión, pero luego te das cuenta de que no hacen nada y resulta muy agradable.

Entretenidos como estábamos con estos simpáticos animalitos no nos dimos cuenta de que se estaban acercando a nosotros una numerosa manada de tiburones de aleta negra, al principio ante la sorpresa de su presencia nos sobresaltamos un poco pero pronto nos dimos cuenta que no les atraíamos demasiado y que ellos mismos se encargaban de guardar las distancias. El guía también nos tranquilizo asegurándonos que eran totalmente inofensivos, la verdad es que fue muy excitante tener esos animales tan cerca aunque supiéramos que no eran peligrosos

Lástima que la excursión llego a su fin y tuvimos que marcharnos de allí, aunque aun nos quedaba parte del recorrido alrededor de la isla, que si es bonita verla desde dentro desde el mar es impresionante.
Dejamos las motos en el mismo lugar que las habíamos cogido y nos llevaron de nuevo hasta nuestro hotel. Decidimos descansar algo en la habitación después de las emociones vividas con los tiburones y las rayas y comimos algo de lo que habíamos comprado el día antes en el súper. A la hora de comer no solíamos comer demasiado ya que desayunábamos siempre más de lo que estamos acostumbrados y por eso no teníamos demasiada hambre y además allí se cena bastante pronto.
Decidimos quedarnos en la habitación y pasar el resto del día tomando el sol y bañándonos en nuestro OW.
Al ponerse el sol nos arreglamos y nos fuimos a cenar al otro restaurante que tiene el Hotel y en el que aun no habíamos estado. El restaurante K, no es tipo buffet y hay que pagar un recargo si tienes contratada la media pensión.

Está situado sobre la misma arena de la playa, es un espacio abierto por los lados y con un techo de madera tipo cabaña

La comida es algo más elaborada que en el buffet y el servicio es bastante atento y agradable, aunque un poco lento, pero el ambiente es tan agradable que no importa demasiado la espera entre plato y plato. Mientras cenábamos unas bailarinas amenizaron la velada con sus típicos y sensuales bailes. Por lo menos una noche merece la pena ir a este restaurante, resulta una cena muy romántica.
Después de cenar dimos un paseíto por los jardines del hotel hasta llegar a nuestra habitación.
Al día siguiente, la misma maravillosa rutina de todos los amaneceres, despertarnos justo antes de que saliera el sol y con nuestro café en la mano acomodarnos en las hamacas de la plataforma del OW para contemplar el amanecer.
Ese día decidimos quedarnos a pasar el día en el hotel y disfrutar de las actividades gratuitas que te ofrecen. Después de desayunar nos decidimos por dar un paseo en canoa por la laguna alrededor de nuestro hotel. El agua estaba tan transparente que la canoa parecía que flotara sobre la nada

Con ella nos acercamos hasta la barrera de coral todo lo posible pero no nos atrevimos a pisarla.

Seguimos navegando y nos bañamos en medio de la laguna buceando entre los corales y miles de peces que nos seguían buscando algo de comida.
Por la tarde nos fuimos a la playa a tomar el sol, aunque se está fenomenal en el OW, a veces también apetece estar rodeado de gente, aunque en la playa había siempre tan poca gente que en ningún momento se sentía agobio. Al llegar vimos que había preparado algún festejo delante del restaurante donde habíamos cenado la noche anterior, enseguida nos dimos cuenta que se iba a celebrar una boda, por lo que nos situamos en un sitio cercano a donde se iba a celebrar la boda para no perdernos ni un detalle.

La verdad es que al verlos te dan ganas de casarte otra vez.

Al acabar nos fuimos a la habitación a prepararnos para la cena, iba a ser nuestra última cena en Moorea y estábamos un poquillo tristes. Esa noche cenamos, como las dos primeras, en el buffet. Como todas las noches mientras cenábamos vimos el espectáculo de bailes polinesios. Esa noche las bailarinas, mientras bailaban, se iban poniendo los pareos de miles de formas diferentes, al cual de ellas mas original y vistosa. Hay que ver la cantidad de cosas que se pueden hacer con un pareo.
Después de nuestro cotidiano paseo, al acabar la cena, nos fuimos a dormir.
El amanecer de nuestro ultimo día en Moorea fue un poquillo triste porque nos tocaba despedirnos de ese trocito de paraíso del que habíamos disfrutamos esos cuatro días. Aunque se atenuaba con la esperanza de encontrar algo parecido o mejor en Bora-Bora.
Ese día el desayuno fue mucho mas relajado, tomándonos todo con mas calma, como queriendo atrasar el momento de la partida. La noche antes nos habían dejado una carta en la habitación anunciándonos a qué hora teníamos que dejar la habitación, a qué hora pasarían a recoger las maletas y cuando debíamos estar preparados para que nos recogieran para ir al aeropuerto.
Así que no nos quedaba otra que ir a preparar nuestras maletas para cuando vinieran a buscarlas.
Decidimos quedarnos en la habitación, bañándonos y tomando el sol, hasta la12, que era cuando teníamos que dejarla libre. Aprovechamos para despedirnos de los peces que habían compartido con nosotros su pequeño paraíso y que en cuanto nos veían acudían a nuestro alrededor buscando los trozos de pan que les llevábamos todos los días.

Como hasta las tres de la tarde no venían a buscarnos decidimos pasar esas tres horas que nos restaban en la piscina y que hasta ahora ni habíamos pisado.

La verdad es que teniendo esa playa tan maravillosa ni nos habíamos planteado ir a la piscina, pero hay que reconocer que era preciosa y se estaba fenomenal.

Mi marido aprovecho, mientras que yo me bañaba en la piscina, para subir hasta un mirador que hay en alto a la salida del hotel para poder tomar unas fotos de los OWs


Un poco antes de las tres nos quitamos los trajes de baño y nos preparamos para ir al aeropuerto en los baños que hay al lado de recepción y nos dispusimos a esperar a que vinieran a buscarnos. Como nuestro hotel está muy cerca del aeropuerto llegamos enseguida. Y tras el check-in y los rápidos controles policiales pusimos rumbo a Bora-Bora.